Cooperativas agroalimentarias: una palanca estratégica con potencial para liderar la transición climática
En un momento en el que la crisis climática está redefiniendo el futuro del sistema agroalimentario, aparece una oportunidad decisiva: activar el potencial de las cooperativas. Más allá de su papel tradicional, estas organizaciones se posicionan hoy como motores clave de una transición ecológica que sea eficaz, inclusiva y profundamente arraigada en el territorio. Si se moviliza plenamente su capacidad colectiva, podrían convertirse en una de las palancas más potentes para acelerar la resiliencia climática del sector.
El punto de partida es claro. El sector agroalimentario está altamente atomizado, las emisiones derivadas del sector son complejas de medir —especialmente las no relacionadas con CO₂, como el metano o el óxido nitroso— y los costes técnicos y económicos de impulsar los cambios e inversiones que requiere la transición de forma individual son elevados. En este escenario, las cooperativas pueden aportar un elemento diferencial: agregación, escala y capacidad de acción colectiva. Esto las posiciona como una posible infraestructura clave para avanzar en la descarbonización y adaptación, particularmente en pequeñas y medianas explotaciones que, de otro modo, podrían quedar rezagadas en la transición.
- Uno de los ámbitos donde este potencial puede desplegarse con mayor claridad es en la traslación de los marcos regulatorios a la práctica diaria. Las cooperativas, a través de sus equipos técnicos, están en una posición privilegiada para acompañar a los productores en la adopción de nuevas prácticas —desde la gestión del suelo y del agua hasta el uso eficiente de insumos— y convertir las exigencias normativas en cambios reales en campo. Este rol de intermediación, cercano y continuo, puede resultar determinante para que la transición se materialice de forma efectiva y adaptada a cada territorio.
- Otro ámbito estratégico con amplio margen de desarrollo es el de los datos. Las cooperativas pueden contribuir a generar sistemas de monitorización, reporte y verificación (MRV) más accesibles y comparables, reduciendo barreras para los productores y facilitando la conexión entre acción climática e incentivos económicos, como ayudas públicas, contratos privados o futuros mercados de carbono y de servicios ecosistémicos.
- Asimismo, su capacidad para generar economías de escala abre oportunidades relevantes. La acción colectiva puede facilitar inversiones en energías renovables, mejorar la eficiencia energética o impulsar iniciativas de economía circular y optimización logística difíciles de abordar de manera individual.
- También puede favorecer la adopción de soluciones basadas en la naturaleza frente a la escasez hídrica y promover nuevas formas de gestión de recursos, como las comunidades energéticas locales, el autoconsumo colectivo o la electrificación y el uso compartido de maquinaria
- Pero, además, esta dimensión colectiva resulta especialmente relevante para activar cambios más profundos en los sistemas y modelos productivos, como la planificación conjunta de cultivos, la diversificación, la adaptación de variedades a nuevos escenarios climáticos o la transición hacia sistemas agroecológicos o regenerativos. O también la extensión de la acción al conjunto de la cadena y a relocalización de transformación y consumo, impulsando Sistemas agroalimentarios territorializados, que además de reducir emisiones sean más resilientes ante los socks climáticos, energéticos y geopolíticos.
Algunas experiencias recientes muestran que este potencial empieza a hacerse visible. Cooperativas como Montitxelvo (Comunidad Valenciana) han impulsado modelos de autoconsumo colectivo a través de comunidades energéticas, beneficiando tanto a socios agrarios como al entorno local. Por su parte, la cooperativa de Viver ha avanzado en iniciativas de adaptación climática y fomento de la biodiversidad, integrando prácticas innovadoras en sus parcelas y fortaleciendo la resiliencia frente a riesgos como incendios o estrés hídrico. A ello se suman proyectos como AgriRegenCarbon, orientados a la captura de carbono mediante agricultura regenerativa, o iniciativas colectivas como la Alianza 30×30 en el sector lácteo, que buscan reducir emisiones a lo largo de la cadena de valor.

En definitiva, en un contexto de crisis climática las cooperativas pueden consolidarse como nodos estratégicos de innovación, colaboración y cambio sistémico que garanticen la resiliencia del sector y el territorio rural. Pero para ello, no basta como reconocer este potencial, es también preciso activarlo. Este es el proceso que, entre otros, está impulsando el programa Sustentta y que por su carácter estratégico requiere ser reforzado y sostenido en el tiempo sumando apoyos públicos y privados.

María Coto Sauras – Senior Associate en el programa de España de European Climate Foudantion (ECF)
