La transición del sistema alimentario hacia modelos más sostenibles
Escrito por Dionisio Ortiz Miranda, Catedrático en el Departamento de Económicas y Ciencias Sociales de la Universidad Politécnica de Valencia.
- La transición hacia sistemas alimentarios sostenibles exige una visión integral que conecte producción, consumo, medio ambiente y comportamiento social.
- El cambio de modelo es urgente por su impacto sobre el clima, la biodiversidad y la seguridad alimentaria, pero se enfrenta a fuertes inercias e intereses establecidos.
- Las cooperativas agroalimentarias pueden ser actores clave de esa transformación por su arraigo territorial, su cercanía a las personas productoras y su capacidad para impulsar innovación y coordinación colectiva.
Abordar la necesaria transición del sistema alimentario hacia modelos más sostenibles implica varios desafíos. El primero es adoptar un enfoque sistémico que nos adentre en la complejidad de las múltiples interconexiones existentes entre el modo en que se producen los alimentos, los entornos en los que las personas consumidoras toman sus decisiones de compra y consumo, los factores individuales y sociales que condicionan su comportamiento, y el amplio abanico de variables —ambientales, institucionales, culturales— que inciden sobre todo ese entramado.
El segundo desafío es comprender las complejas relaciones entre producción agraria y medio ambiente, base imprescindible para un debate riguroso y justo sobre cómo intervenir en ellas. El sistema alimentario es responsable de un tercio de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, mientras que la agricultura intensiva constituye la principal causa de presión sobre los hábitats y la biodiversidad. El deterioro de la base de recursos naturales representa, en todos los ámbitos, la amenaza más grave para la seguridad alimentaria. Sin embargo, varios factores dificultan un cambio de modelo orientado hacia sistemas verdaderamente sostenibles: las inercias tecnológicas, de comportamiento e institucionales, que confluyen con los intereses de los grandes grupos empresariales que defienden el mantenimiento del statu quo.
El tercer desafío consiste en huir de visiones romantizadas o excesivamente simplistas de algunas de las soluciones que se promueven desde distintas ópticas. Es el caso de la identificación de los sistemas alimentarios territorializados con los canales cortos de comercialización. Frente a esa reducción, la idea de territorializar los alimentos —es decir, que las personas consumidoras puedan conocer y conectar con el contexto territorial en el que se produjeron, con quién los produjo, cómo, y cuál es la naturaleza de las relaciones comerciales a lo largo de la cadena de valor— ofrece una lectura más integradora de la diversidad de actores que participan en los sistemas alimentarios.

En este marco, las cooperativas agroalimentarias ocupan un lugar determinante. Son estructuras indispensables para el mantenimiento de un tejido de pequeñas y medianas explotaciones agrarias —que siguen desapareciendo de forma inexorable, como muestran los Censos y Encuestas de Estructuras Agrarias— y tienen un enorme potencial como impulsoras de muchos de los cambios necesarios para avanzar hacia la sostenibilidad. Las cooperativas atraviesan un claro proceso de transformación, impulsado tanto por los cambios en su base social como por el contexto económico e institucional. La falta de relevo generacional en la agricultura, el perfil de edad de muchos de los y las titulares de las explotaciones, o la creciente complejidad de la gestión derivada de la normativa ambiental, laboral o sanitaria constituyen, junto a otros, factores que están llevando a muchas de las cooperativas a asumir un papel más proactivo en la planificación productiva de sus asociados e incluso en la producción directa de alimentos. Por todo esto, a lo que se añade su cercanía a las personas productoras, por la credibilidad y legitimidad que les confiere esa posición, y por su capacidad para comprender los retos que plantea un entorno en constante cambio, las cooperativas pueden ser excelentes prescriptoras de la transformación.
Es evidente que estos cambios conllevan retos complejos para unas organizaciones cuyo carácter colectivo condiciona los procesos de toma de decisión, debido tanto a situaciones de asimetría informativa como a la posible heterogeneidad de intereses en la base social. Pero es precisamente ese contexto de cambio el terreno más fértil para que las cooperativas se conviertan en pioneras de algunas de las innovaciones sociales más necesarias, convirtiendo la transición ecológica en un elemento estructurante de los modelos de negocio en el sector agroalimentario. Estos modelos deben apostar por la creación de valor compartido con la sociedad, respondiendo a necesidades y retos ambientales, demográficos y de seguridad alimentaria. Su materialización y viabilidad requieren la puesta en marcha de mecanismos de coordinación territorial, sectorial y público-privada. En ellos, las cooperativas agroalimentarias tienen el potencial de convertirse en catalizadoras de los acuerdos y compromisos necesarios para avanzar de forma efectiva hacia la sostenibilidad alimentaria.
