Los retos del sistema agroalimentario frente a la crisis climática y la oportunidad de los mercados de carbono

  • La transición del sistema agroalimentario exige repensar los modelos productivos, integrando adaptación y mitigación como una estrategia conjunta para fortalecer la resiliencia del territorio.
  • El sistema agroalimentario es simultáneamente altamente vulnerable y un actor relevante en la crisis climática, afectado por sequías y eventos extremos, y responsable de una parte significativa de las emisiones.
  • Las prácticas regenerativas actúan como palancas clave, al conectar secuestro de carbono, mejora de la salud del suelo y resiliencia frente a perturbaciones climáticas, con potencial para generar co-beneficios ambientales y nuevas oportunidades como el carbon farming.

La transición del sistema agroalimentario frente a la crisis climática requiere mucho más que reducir emisiones. Implica repensar cómo producimos, gestionamos y sostenemos nuestros sistemas agrarios en un contexto marcado por una creciente incertidumbre climática, económica y geopolítica. Adaptación y mitigación ya no pueden abordarse por separado: ambas forman parte de una misma estrategia para fortalecer la resiliencia del territorio y garantizar la viabilidad futura del sector agroalimentario.

En el contexto español y mediterráneo, los impactos del cambio climático ya son visibles. En un escenario climático cada vez más complejo, el aumento de la frecuencia y duración de las sequías junto con la menor disponibilidad de agua están afectando de forma directa a la productividad agraria y a la estabilidad de muchas explotaciones. A ello se suman los daños derivados de eventos extremos, como olas de calor o DANAs, el aumento de plagas y enfermedades, y la pérdida de bienestar animal, especialmente en sistemas ganaderos dependientes de recursos externos. Todo ello pone de manifiesto la vulnerabilidad del sistema alimentario y la necesidad de avanzar hacia sistemas agrarios más resilientes y coherentes con las capacidades del territorio.

Al mismo tiempo, el sistema agroalimentario también desempeña un papel relevante en la crisis climática. A escala mundial, el conjunto del sistema alimentario representa alrededor del 34% de las emisiones de gases de efecto invernadero, mientras que, en el caso español, la agricultura supone aproximadamente un 12% del inventario nacional de emisiones. Más allá del CO₂ asociado al uso de energía o maquinaria, gran parte de las emisiones provienen del óxido nitroso derivado de la fertilización y del metano asociado a la ganadería y a la gestión de estiércoles y purines. Aunque estas emisiones forman parte del funcionamiento de los ecosistemas agrarios, su intensificación y desequilibrio en los modelos productivos actuales plantea un importante desafío climático y ambiental.

Sin embargo, muchas de las prácticas que contribuyen a la mitigación son también herramientas clave de adaptación. La mejora de la salud del suelo, las rotaciones de cultivos, las cubiertas vegetales, el manejo regenerativo del pastoreo, la integración agricultura-ganadería o los sistemas agroforestales no solo favorecen el secuestro de carbono, sino que también mejoran la retención de agua, reducen la erosión y aumentan la resiliencia frente a eventos extremos. En este sentido, el suelo emerge como un elemento estratégico: no únicamente como soporte productivo, sino como infraestructura ecológica esencial para sostener la resiliencia climática del sistema alimentario.

En este contexto, el denominado Carbon Farming o secuestro de carbono en suelos agrarios está adquiriendo cada vez más relevancia. La posibilidad de generar créditos de carbono a través de prácticas que aumenten y mantengan carbono en el suelo abre nuevas oportunidades de financiación para el sector agrario y ganadero. No obstante, aterrizar estos mecanismos a la diversidad territorial y productiva del contexto español sigue planteando importantes retos técnicos, metodológicos e institucionales, especialmente en aspectos relacionados con la medición, verificación y permanencia del carbono.

Más allá del debate sobre los mercados voluntarios de carbono, resulta fundamental reconocer que muchas de estas prácticas generan múltiples co-beneficios ambientales y sociales, como la mejora de la biodiversidad, la recuperación de funciones ecosistémicas, el incremento de la fertilidad del suelo o fortalecimiento de la resiliencia rural. En definitiva, abordar la transición del sistema alimentario implica ir más allá del carbono o de las emisiones, entendiendo esta transformación como una oportunidad para reforzar la resiliencia de los sistemas agrarios, fortalecer su vínculo con el territorio y mejorar su capacidad de adaptación frente a un contexto climático cada vez más complejo.

Escrito por Inma Batalla, Investigadora en Sistemas Alimentarios y Cambio Climático del BC3 Basque Centre for Climate Change.

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